Antes de construir un acueducto, los ingenieros evaluaban la fuente de donde planeaban tomar el agua: la cantidad de agua que se producía, su claridad y su sabor. También evaluaban la salud de las personas que bebían de ella. Una vez aprobada la fuente, se decidía la ruta, la inclinación, la anchura y la longitud del canal. Para la construcción se usaban esclavos. Las obras podían durar años y ser muy costosas, sobre todo si había que construir arcos.
Además, había que proteger los acueductos y darles mantenimiento, para lo cual, la ciudad de Roma llegó a emplear hasta setecientas personas. Cuando se diseñaba un acueducto se pensaba en el mantenimiento que necesitaría en el futuro. Por ejemplo, para acceder a los tramos subterráneos, se perforaban pozos de inspección. En caso de grandes reparaciones, los ingenieros podían desviar temporalmente el agua del tramo afectado.
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